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    25 de junio de 2019

Museo Mim de Beirut: Una de las colecciones de minerales más impresionantes del mundo

Elena Almirall Arnal.
Elena Almirall Arnal.
Por Elena Almirall | Para un gemólogo, entrar en el Museo Mim de Beirut es como un sueño. No solo por la maravillosa colección de minerales que atesora sino también por cómo están organizados, presentados y explicados. El museo abrió sus puertas al público en 2013 y contiene la colección privada de Salim Eddé –una de las más importantes del mundo-, que comenzó en París en 1997 y que, hoy en día, cuenta con más de 2.000 minerales de 450 especies diferentes y procedentes de 65 países.

“Tradicionalmente, un coleccionista tiene dos opciones principales: bien especializarse en unos pocos minerales que tengan un potente impacto visual (como la calcita, el cuarzo, la fluorita, la rodocrosita, la turmalina o el berilo), o bien intentar coleccionar todas las especies minerales, es decir, hacer una colección sistemática. Yo elegí esta última opción porque, en mi opinión, de esta manera consigues tener una representación fiel de la increíble riqueza del mundo mineral”, afirma Eddé.

El nombre del Museo procede de la letra número veinticuatro del alfabeto arábigo porque con ella empiezan las palabras museo, mineral y mina, y está ubicado en el campus de la Universidad de Saint-Joseph de la capital del Líbano. Cuenta con las herramientas tecnológicas más sofisticadas para poder comunicarse con los visitantes de forma única, transmitiéndoles el máximo de información sobre las gemas en exposición.

Con este objetivo, dispone de animaciones visuales y pantallas táctiles que explican lo que es un mineral, cómo se clasifica, en qué consiste la tabla periódica de los elementos de Mendeleev o qué criterios utilizan los coleccionistas para seleccionar sus minerales.

Además se pueden explorar imágenes de satélite de diversas minas del mundo o conectar con los diferentes códigos QR, a través del móvil o la tablet, para acceder a fotografías e información de los diferentes minerales.

Una entrada que promete

La visita comienza en el atrio de cinco columnas que recuerdan la entrada de un templo antiguo y están adornadas con vitrinas que exhiben impactantes minerales. La estancia está presidida, además, por un magnífico cuarzo de Brasil que, con sus 77 cm y 100 kg, es la pieza más grande de la muestra.

La segunda sala nos introduce ya en la colección, organizada siguiendo la clasificación de minerales de Nickel-Strunz y dividida en nueve clases: elementos nativos, sulfuros y sulfosales, haluros, óxidos e hidróxidos, carbonatos y boratos, sulfatos, cromatos y molibdatos, fosfatos, vanadatos y arseniatos, silicatos y material orgánico. Aquí se presenta un ejemplo impactante de cada uno de ellos y se explican los diferentes sistemas cristalinos, la Escala de Mohs o las propiedades mecánicas y ópticas de los minerales.

En tercer lugar, nos encontramos con un nuevo espacio que explica y analiza los minerales radioactivos que contienen átomos de uranio, torio o potasio. La cuarta sala, en la que se exhiben más de un millar de piezas, contiene el grueso de la colección y está organizada por grupos, según la clasificación antes mencionada.


Creo que los gemólogos de todo el mundo estamos en deuda con el creador del Museo y tenemos que agradecer este acto de generosidad


A esta le sigue la de los Trofeos, compuesta por especímenes que se han considerado así por ser la mejor muestra conocida de una especie en concreto, por ser ejemplares raros pero bien formados o por ser piezas conocidas que habían pertenecido a colecciones prestigiosas o habían aparecido en prensa especializada. En este ámbito, la pieza más destacada es una legrandita de México.

Y, sin embargo, tal vez la más impresionante es la sala número seis, llamada del Tesoro por los maravillosos ejemplares que contiene. En este caso, no sólo las piezas te dejan sin habla, pues han sido seleccionadas por su transparencia, su color y sus formas geométricas, sino también la museografía: a través de una cortina negra, te introduces en un espacio oscuro en el que se presentan 21 columnas con sus respetivas vitrinas iluminadas directamente por un foco de luz. Cada una de ellas guarda uno o varios tesoros: diamantes, corindones, esmeraldas, aguamarinas, topacios o tanzanitas entre otras maravillas.

Para terminar, la última galería es una exposición de minerales distribuidos según su país y continente de origen.

Salim Eddé decidió, un día, que su imponente colección no fuera solo para su disfrute personal sino que estuviera al abasto de cualquier persona interesada, y creo que los gemólogos de todo el mundo estamos en deuda con él y tenemos que agradecer este acto de generosidad que brilla tanto como los magníficos minerales que, gracias a él, podemos contemplar en el Museo Mim de Beirut.

Elena Almirall Arnal es Gemóloga, Tasadora y doctora en Historia por la Universidad de Barcelona.

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