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    20 de septiembre de 2019

El secreto que toda joya custodia...

Un imperio resumido en una joya: La Corona Británica

Gustavo Marinaro.
Gustavo Marinaro.
Por Gustavo Marinaro | La Corona Imperial del Estado Británico es una joya de inestimable valor dentro de la Colección Real. El término corona imperial se remonta al siglo XV cuando los monarcas ingleses eligieron un diseño de corona cerrada por arcos en señal de que la nación no estaba sujeta a ningún otro poder terrenal.

Hasta que la princesa Victoria de Hannover (1819-1901) accediera al trono en 1838 se utilizaba la corona de San Eduardo -creada en 1661 para la coronación de Carlos II- pero por pesar casi dos kilogramos se encargó a los joyeros Garrad & Co. el diseño de una las joyas más imponentes de la realeza europea.

Realizada en los talleres de Rundell Bridge & Rundell, más allá del valor extrínseco por las piedras preciosas que la conforman, detenta una profunda simbología vinculada a la historia de Gran Bretaña. Está hecha en oro, platino y plata, y conformada por un círculo calado sobre el que se asientan cuatro flores de lis y cuatro cruces partidas.

Desde estas últimas se desprenden sendos arcos con diseño de bellotas y hojas de roble que en la intersección dan lugar al orbe -engarzado en brillantes- sobre el que se asienta una cruz partida con el zafiro de San Eduardo. Con un peso de 0,91 Kg, y una altura de 31,50 cm, posee 2.868 diamantes, 273 perlas, 17 zafiros, 11 esmeraldas y 5 rubíes. Actualmente la reina Isabel II la utiliza exclusivamente en la ceremonia de apertura del Parlamento británico.

Cinco dinastías sobre la cabeza

Custodiada desde el Siglo XIV por los famosos Beefeaters se conserva bajo la máxima seguridad con las demás Joyas de la Corona en la Torre de Londres y guarda para ella el secreto de la mayor parte de la Dinastías que reinaron: La de Plantagenet con el “rubí del príncipe negro”; la de Estuardo con el zafiro del mismo nombre; la de Wessex con el zafiro de San Eduardo, considerado el último monarca de esta Casa.

Ostenta la perlas de Isabel I de la Dinastía Tudor y fue creada para la Reina Victoria de la Casa Hannover. El rey Eduardo VII hijo y sucesor de la anterior y perteneciente a la Casa Sajonia-Coburgo-Gotha le agregó el diamante Cullinan II. Utilizada por su hijo Jorge V en el día de su coronación en 1911, cambió el apellido alemán en 1917 por el de Windsor, actual dinastía reinante.

Retrato de la reina Victoria en el día de su coronación. En él se aprecia el diseño original de la Corona. El Rubí del Príncipe Negro, que en realidad es una espinela pulida de 5 centímetros y 170 quilates, posee una historia con data del Siglo XIV cuando formaba parte del tesoro de los monarcas nazaríes de Granada.

Depositado en el Monasterio de Santa María la Real de Nájera, Pedro I de Castilla se la ofreció a Eduardo Woodstock de la Casa Plantagenet -príncipe de Gales más conocido como el “príncipe negro por el color de su armadura”- en agradecimiento por su apoyo en la Batalla de Nájera en 1367.

Como parte del tesoro inglés el rey Enrique V la hizo engarzar en su yelmo. Ricardo III (el último de la dinastía Plantagenet) la llevaba en el suyo en la Batalla de Bosworth, en 1485, en la que perdió la vida.

Enrique VII y su hijo lo utilizaron en la corona pero años más tarde, ante la crisis en la que se abolió la monarquía, se ejecutó al rey Carlos I y se proclamó la República de Oliver Cromwell, en 1649, la gema se vendió y desapareció durante más de diez años.

Sin embargo, el comprador anónimo la hizo llegar nuevamente al rey Carlos II, sucesor del malogrado Carlos I y que fue restaurado en el trono en 1660. Desde entonces ha pertenecido a la Casa Real. Posee un orificio que seguramente permitía utilizarlo como colgante.

El zafiro Estuardo de 104 quilates originalmente estaba engarzado por debajo del del Príncipe Negro. En 1909 durante el reinado de Eduardo VII fue cambiado a la parte posterior de la corona para dejar espacio al diamante Cullinan II, de 317 quilates.

Con una incierta historia, se cree que perteneció a Carlos II de la Casa Estuardo y que su sucesor Jacobo II lo llevó consigo cuando huyó a Francia en 1688. La joya permaneció en la familia hasta que Enrique Benedicto Estuardo -duque de York, cardenal de la Santa Iglesia de Roma y pretendiente al trono- lo vendió con otras joyas hasta que el rey Jorge III lo recompró en 1807.

El zafiro de San Eduardo, ubicado en el centro de la cruz que está en el orbe de la corona es de forma octogonal y es la joya más antigua de la colección real. Se cree que estuvo engarzado en el anillo de Eduardo el Confesor (c. 1035-1066) conocido más tarde como San Eduardo, ocupó el trono de Inglaterra en 1042 y fue enterrado con la joya.

Cuando en 1163 el cuerpo fue reubicado en la Abadía de Westminster se recuperó el anillo. Se estima que Carlos II lo hizo retallar después de la restauración de la monarquía y fue la reina Victoria quien dispuso su actual ubicación.

El diamante Cullinan II que debe su nombre a Sir Thomas Cullinan propietario de la compañía minera Premier Diamond Mining Company, próxima a la ciudad sudafricana de Pretoria, donde fue hallado en 1905.

En bruto poseía 3.106 quilates y como ningún particular pudo comprarlo lo adquirió el gobierno de Transvaal, que lo obsequió al rey Eduardo VII en ocasión de su sexagésimo cumpleaños. El monarca encargó tallarlo y como resultado se obtuvieron 105 fragmentos que fueron denominados según su peso.

El Cullinan II o Segunda Estrella de África con 317.40 quilates en talla cojín compite en pureza y brillo con el Cullinan I o Primera Estrella de África con 530.2 quilates engarzado en el cetro. Los restantes de mayor importancia hasta el Cullinan IX se hallan en poder de la actual reina.

Como cada año la corona Imperial es transportada desde la Torre de Londres al Palacio de Westminster para la apertura del Parlamento. La reina llega al Parlamento en una carroza tirada por caballos y después de acceder por la “Entrada del Soberano” en la Robing Chamber le colocan la toga y la corona.

Después de entrar en la Cámara de los Lores ocupa su sitio en el trono y da comienzo a la ceremonia. En la imagen se pueden apreciar las perlas de Isabel I -de la Casa Tudor- ubicadas en la intersección de las coronas.

Primer plano de la reina Isabel II con la Corona imperial del Estado Británico en la ceremonia anual de apertura del Parlamento.

Gustavo Marinaro es Diseñador de joyas | www.marinarojoyasunicas.com

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