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OPINIÓN / TRIBUNA

El 'Maremoto' del cierre de establecimientos: 'Sólo un milagro de la Virgen podrá salvar a algunos

Artículo de opinión de Enrique Orozco, miembro de la Asociación Española de Tasadores de Alhajas

jueves 29 de octubre de 2015, 11:35h

El éxito obtenido por el estreno de la película sobre el tsunami que asoló al Sudeste asiático hace unos años, me ha traído a la memoria un hecho que aconteció  en Cádiz en el siglo XVIII. El primero de noviembre del año 1755, a consecuencia de un terremoto con epicentro en Lisboa, se generó un maremoto que asoló gran parte de la costa atlántica portuguesa y española.

Los gaditanos tras sentir el temblor de la tierra que no tuvo grandes consecuencias vieron asombrados como el mar retrocedía cientos de metros  para minutos  después precipitarse sobre la ciudad en una gigantesca y arrasadora  ola.

Dicen las crónicas  que el párroco de la  iglesia de la Palma,  próxima a  la Caleta, cogió el estandarte de la Virgen, se fue  a la calle, clavó la enseña en el suelo y dirigiéndose a la descomunal ola le espetó: “hasta aquí has llegado, en el nombre de la Virgen te ordeno que te vayas”. Y cuentan que la masa de agua comenzó a retroceder y se volvió mansamente a seguir criando cangrejos.

Más o menos eso es lo que está pasando ahora con los negocios. Las cosas iban tirando a base de trabajar mucho  pero no podíamos quejarnos.  De buenas  a primeras el ambiente se puso raro, las ventas empezaron a bajar, a bajar, a bajar… todo el mundo preocupado y  acto seguido se nos ha venido encima un arrollón de subida de impuestos y de aumento de  costes y de gastos generales que nos están ahogando  cada final de mes. Así pues  no es de extrañar  que muchos estén pensando en emular al cura de la Palma y el día menos pensado echar la persiana   y exclamar: “hasta aquí hemos llegado”.

Porque mucho me temo que para salvar la economía va a ser necesario un milagro del calibre del que, según la leyenda, pasó en Cádiz aquel lejano día. Aunque algún descreído diga  que  le ayudó mucho  a la Virgen el hecho de que las magníficas murallas que rodeaban la ciudad aguantaran el primer envite  de las aguas.