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    20 de abril de 2019

El Secreto que toda Joya custodia

El diamante Hope en su engarce original, tal como lo adquirió Harry Winston en 1949.
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El diamante Hope en su engarce original, tal como lo adquirió Harry Winston en 1949.

El diamante Hope, una gema maldita

Gustavo Marinaro
Gustavo Marinaro
Por Gustavo Marinaro | El histórico diamante conocido también como “el azul de Francia” o “la joya del rey”, cuenta con una dilatada trayectoria, en ocasiones vinculada a la desgracia. De acuerdo con el testimonio de su descubridor el comerciante de piedras preciosas Jean Baptiste Tavernier, procede de las minas de Golconda, en la India.

La piedra, que en bruto poseía 115 quilates y una irregular forma triangular, fue descrita y dibujada por el comerciante en su libro “Los seis viajes de Jean Baptiste Tavernier” junto con otras piedras preciosas que vendió al rey Luis XIV (1738-1715) de Francia en 1668.

Diez años más tarde el soberano encargó al joyero de la corte, Sieur Pitau, cortar la piedra. El resultado fue un purísimo diamante de 67.12 quilates, de forma triangular -con los lados cóncavos- y un profundo color azul grisáceo.

Engarzado en un broche de corbata, para su portador poseía un especial valor por el reflejo que desprendía desde su interior. Siete luminosos rayos en apología a su persona, “el rey sol” y el número, emblemático de la divinidad y la espiritualidad.

En 1749, Luis XV (1710-1774) encargó al joyero Jacquemin Andre engarzar el azul de Francia en la venera de la Orden del Toisón de Oro, en combinación con otras piedras preciosas cayendo en desuso después de su muerte. En manos de su sucesor, Luis XVI (1754-1793) la piedra preciosa fue utilizada con otras joyas por su esposa la reina María Antonieta (1755-1793).

Réplica de Toisón de oro que perteneció al rey Luis XV de Francia. Creado en 1749 por el joyero Jacquemin Andre posee 83 diamantes -tintados en rojo- y 112 tintados en amarillo. En la parte superior el desaparecido diamante Bazú de 36.62quilates.

Los inicios de la leyenda ‘negra’

Es a partir de este momento cuando comienza el mito en torno al diamante, no exento de una realidad fragmentada. Corría el año 1792 y los albores de la Revolución Francesa llevaron a la familia real a ser confinada en el Palacio de las Tullerías. Los saqueos y el robo desbordaban toda medida de seguridad y fue entonces cuando un grupo de ladrones perpetró el Garde Meuble (almacén real) y robó la mayor parte de las joyas de la corona.

De manera paulatina algunas fueron recuperadas, hasta el Toisón, pero no el diamante. En 1793 los reyes fueron guillotinados atribuyendo la desgracia a la joya, hecho que, actualmente podemos comprobar, fue consecuencia de los excesos de la nobleza.

Desaparecido durante años, se especuló con diversas teorías; una de ellas afirmaba que un ladrón llamado Guillot intentó venderlo con otras piedras preciosas terminando en la cárcel. Con la posibilidad de haber sido cortado en dos partes, otra teoría afirma que en el robo organizado por el revolucionario Georges Danton (1759-1794) el diamante fue entregado como soborno al comandante rival, el duque Carlos de Brunswick (1735-1806) casado con la princesa Augusta (1737-1813), hermana del rey Jorge III (1738-1820) de Inglaterra, que intentaba restablecer la monarquía.

Si bien existe la teoría de que un diamante de similares características, con 13,75 quilates llegó a manos de un sobrino, el duque Carlos Federico lo cierto es que en 1812 el naturalista e investigador inglés John Francillon, creó un informe en el que afirmaba que el diamante azul, con 45,52 quilates, era propiedad del comerciante de piedras preciosas Daniel Eliason.

Se afirmó que había sido comprado por el rey Jorge IV (1762-1830) y que tras su muerte fue vendido de manera privada para sufragar sus deudas; sin embargo no existe un registro de esta adquisición en el Archivo Real de Windsor.

Reaparición de la gema

En 1839 se publicó un catálogo con la colección de piedras preciosas del banquero Henry Hope y entre ellas se encontraba el diamante que recibió su nombre. Tras su muerte, sus tres sobrinos -hijos de su hermano Thomas- disputaron en los tribunales por la herencia.

El mayor, Henry Thomas Hope (1808-1862), recibió ocho de las más valiosas joyas, entre ellas el diamante. Presentado en la Gran Exposición de Londres de 1851 y la Exposición Universal de París en 1855, tras su muerte lo heredó su mujer Ana Adela.

La hija de ambos, Henrietta, en 1861 contrajo matrimonio con el noble inglés, Henry Pelham-Clinton, conde de Lincoln y duque de Newcastle, que aportó a la unión una vida disipada y deudas de juego.

Evalyn Walsh McLean, con el diamante Hope. De un profundo color azul-gris oscuro, posee 45.52 quilates. Tallado en cojín, por su forma y tamaño, fue comparado con un huevo de paloma. Sus medidas son 21.78mm x 12.00mm.

El matrimonio tuvo cinco hijos y por voluntad de su abuela Francis Pelham-Clinton- Hope (1866-1941) recibió el diamante en usufructo, junto con valores y propiedades, pudiendo venderlo tan solo con el permiso de la corte. En 1894 Lord Francis, con una vida disipada -similar a la de su padre- dilapidó la fortuna, hasta que en 1901 obtuvo el permiso de la Maestría de Chancery para vender el diamante.

Adquirido por el comerciante de joyas Adolfo Weil, lo vendió al distribuidor Frankel Simon llegando así a Nueva York. Variadas y contradictorias fueron las versiones sobre el diamante azul, siendo la más fidedigna que durante la depresión de 1907 Frankel lo vendió.

Atribuida la compra al sultán Abdul Hamid II de Turquía (1842-1918) llegó posteriormente al comerciante de piedras preciosas Simón Rosenau, quien lo revendió en 1910 a Pierre Cartier, uno de los hermanos que dieron nombre a la prestigiosa Joyería.

Evalyn Walsh McLean (1886-1947) -hija del acaudalado empresario minero Tomas Walsh- que sentía una especial fascinación por las joyas, se casó en 1908 con Edward Beale Mc Lean (1889-1941), heredero del Washington Post y del Cincinnati Enquirer.

El diamante Hope, tal como se encuentra en la actualidad. Sobre un diseño de Harry Winston se llevó a cabo de manera temporal un collar corbata en platino. Con diamantes en talla baguette los extremos envuelven a la piedra preciosa.

Una nueva vida

Corría el año 1911 y el matrimonio se encontraba de vacaciones en París cuando recibieron la visita de Pierre Cartier (1878-1964). Con la intención de captar la atención de la joven, caprichosa y compulsiva, portaba un pequeño paquete, que mientras relata la historia del diamante, abría. El marido, agobiado exclamó: ¿Cuánto cuesta? en tanto ella afirmaba que no lo quería, que no le gustaba el engarce.

El vendedor, que la conocía pues le había vendido anteriormente el diamante Estrella del Este, de 96 quilates, cambió el engarce, momento en el que accedió a probarlo por unos días. Comenta la Sra. Mc Lean en sus memorias que al ver el diamante sobre su pecho se sintió hechizada por la profundidad de su brillo, al cerrar el broche exclamó “para el cielo o para el infierno me pertenece”.

Al cabo de un tiempo comenzó a recibir anónimos que delataban la infidelidad de su esposo. Cierto es que tenía una amante y que por sus excesos con el alcohol murió en un sanatorio, no sin antes llevar a la quiebra al periódico.

Su hijo mayor Vinson murió en un accidente de coche en 1919 y su hija Evalyn, fue encontrada muerta por su madre como consecuencia de los barbitúricos. Uno de sus nietos, Ronald, hijo de su segundo hijo Edward murió en la guerra de Vietnam; en tanto una injusta acusación llevó a la coleccionista a los tribunales.


La etapa del diamante en Estados Unidos estuvo plagada de desgracias desde su compra por parte de la rica heredera Evalyn Walsh McLean. Sus dos hijos mayores fallecieron y uno de sus nietos murió en Vietnam


Deprimida y agobiada por la deudas falleció a los 60 años como consecuencia de una neumonía. Si bien la joya estaba protegida por un fidecomiso para no ser vendida, tras su muerte se obtuvo un permiso especial para poder pagar las deudas.

En 1949 la compró el joyero neoyorquino Harry Winston quien la retalló para obtener un mayor brillo. Presentado en diversas exposiciones alrededor del mundo, en 1958 el joyero lo donó al Museo Smithsonian de Washington.

Engarzado en un marco de platino con 16 diamantes, en talla perilla y cuadrada, pendiendo de un hilo con 45 piedras preciosas similares, estuvo así expuesto hasta el año 2010; momento en el que fue engarzado en un collar temporal, también creado por Harry Winston.

Gustavo Marinaro es Diseñador de joyas | www.marinarojoyasunicas.com

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